Dos Agapornis desterrados errantes en la copa del mas alto árbol cabeza contra cabeza y después de mucho viajar entre bandadas de otras especies se preguntan si mañana el quetzal su canto y sus colores el vireo de ojos rojos con su repertorio de cuarenta y la pequeña curruca capitoria imponente con su elegancia ¿tendrán mañana un lugar para habitar? ¿encontrará el martín un laguito para pescar? necesitan una montaña de comida y cientas de salidas los herrerillos para alimentar a sus polluelos ¿Por cuánto tiempo más? ¿será suficiente para Pitohuí el veneno para sobrevivir al mas grande predador? aquel que se proclama dueño y señor de montañas llanuras y mares ese que ayer taló su hogar y los ha dejado sin donde anidar el carricerín en su ciénaga el ágil papamoscas el reyezuelo de corona dorada en su ostentoso nido el piquituerto “señor de los pinos” el mirlo en sus arroyitos y los bulliciosos arrenjados hace tiempo urbanizados sueñan volver a enamorar al testarudo hombre que suele hacer...
Escribo el corazón inquieto y la voz del silencio.